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jueves, 28 de enero de 2010

El vaso de Tántalo


A Henry-Louis Mermod. 1. Mi querido amigo: Entre la acción y la contemplación, existe el extraño estado del viaje. En un cuerpo agitado por un movimiento que no le es propio, la mente encuentra un reposo absolutamente opuesto al del sueño. Puesto que si en la acción debe mantenerse ocupada, forjadora convencida de los encadenamientos que concibe, y si en la contemplación asimismo le hace falta combinar con cierta pasividad la atención para mantener sus puertas abiertas de par en par y no dejar entrar más que un objeto solamente, mediante el viaje se somete a un abandono siempre sobresaltado, en razón del número, la variedad y el ritmo pasmoso de las impresiones que recibe.../ E indudablemente puede ocurrir que el viaje adquiera el aspecto de la acción; si al ser tomado como un medio de dirigirse a alguna parte, llegara a ser efectuado con atención, con cuidado y con la puntualidad necesaria. Pero aun siendo así (como en mi caso), en tanto que uno se entrega durante momentos bastante prolongados a un vehículo y mientras uno no tiene nada que hacer salvo dejarse llevar, la contemplación entonces podría actuar si... pues bien, si algún objeto se prestara a ella, pero sucede que ninguno se presta. Salvo en el interior del vehículo mismo, únicamente se nos ofrece una sucesión. Para el contemplador habitual o profesional, la ventana del vagón se parece al vaso de Tántalo. Se llena por un lado y enseguida se vacía por el otro. Apenas nuestros labios se acercan a beber un agua determinada, ya ésta se ha retirado de allí./ Sin embargo, en francés más que en ninguna otra lengua... Yo no sería el hombre que usted conoce, querido amigo, si no supiera que en el viaje está el ver, que ver llegó a viaje y que sin duda poco faltó para que viajar no designara la misma acción de ver (22); que en todo caso entregarse al viaje es una determinada manera de ver; y que si viaje en efecto no es videncia, que es una visión del porvenir en el presente, sin embargo no está muy lejos: porque es visión de un presente fugaz, de un futuro que deja de serlo, de un pasado en trance de serlo./¿Acaso esta visión, que no se controla sino que se impone de manera continua e imprevista, a veces monótona, no es parte comparable a la fuga de ideas tal como ha resultado transcripta siguiendo la escritura automática? Sí, aunque con la diferencia esencial de que entonces lo que se desarrolla, de manera automática, ya no es el pensamiento sino el mundo./ Así el viaje, que contiene un poco de una y de otra, me parece muy apropiado para descansar de la acción y de la contemplación. Brinda reposo a la manera de un masaje, e indudablemente es bueno entregarse a ello alguna vez para desintoxicar la mente y el cuerpo./ Justamente de este modo, mi querido amigo, concebí el ejercicio que su solicitud me propuso al comprometerme a escribirle estas cartas...”

(22) ¡Etimologistas, frenen su indignación! ¿No llega a suceder que dos plantas con raíces muy distintas confundan a veces sus follajes? De eso se trata (nota del autor). (Ponge, con la ironía que pone en bastardillas el saber, fabrica una falsa etimología a partir de las similitudes fónicas entre voir, voyage, voyager: “ver, viaje, viajar” (T).


Francis Ponge, El Portaplumas de Argel (Métodos).

(traducción Silvio Mattoni)


2 comentarios:

macedonianos dijo...

muy interesante sitio; gracias, Selva. Roxana Palacios

selva dijo...

Gracias, Roxana, visitaré tu blog. Saludos, Selva